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Avatar Making

Cine y Televisión, Seres de Fantasía

Seguramente la mayoría de los lectores aficionados al cine habréis visto Avatar. la última película de James Cameron, Ambientada en el año 2154 que se desarrolla en Pandora, un planeta habitado por una raza humanoides llamada na’vi.

No desvelaré nada del argumento, ya que si no la habéis visto y tenéis intención de verla, no voy a estropearlo.

Solo diré, que el presupuesto oficial de esta película fue de casi 300 millones de dolares, cifra más que recaudada, convirtiéndose en la película más taquillera hasta la fecha.

En la foto de debajo tenéis a la  actriz que encarno el papel de la protagonista humanoide Neytiri, en lo único que se parecen es en los labios.

na’vi

Os dejo con el Making of de la producción, donde podréis ver algunas de las técnicas de última generación que se utilizaron para crear esta maravilla del cine moderno. Está en ingles, pero aunque lo suyo sea verlo y entenderlo, las imágenes hablan por si solas.

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La Elfa Aramis

Seres de Fantasía

Mensaje Secreto.

Al pie de cada página del libro podemos encontrar un conjunto de códigos (al parecer pertenecientes al Código de la Eternidad del Cubo B) que forman un mensaje de Artemis dirigido al lector.

Piensa elfa, piensa otra vez.

Si has descubierto este código, entonces posees la inteligencia suficiente para ayudarme en la misión. Debes haber oído hablar de la familia Fowl, y debes imaginar que la misión es ilegal, o incluso peligrosa. Te lo prometo, este no es el caso.

Lo único que te pido es que me ayudes a guardar mis recuerdos en su lugar. En mi cabeza existen ciertas fuerzas que desean privarme de esos recuerdos que por derecho son míos, fuerzas que borrarían de mi cerebro ciertos hechos demasiado importantes, por no decir valiosos.

¿Quiénes son? Son seres fantásticos conocidos como las Criaturas Mágicas. Sé lo que estas pensando: “El tipo este, Artemis Fowl, ha perdido la chaveta. Seres mágicos. No puede esperar que me lo tome en serio.” Es comprensible, hace dos años yo hubiera reaccionado exactamente igual.

No obstante, en dos años pueden cambiar muchas cosas. He visto duendecillos de color verde volando gracias a su poder, he visto enanos usar sus bocas cavernosas para cavar túneles, he sido testigo de los poderes curativos de los elfos y he tocado la grupa de un noble centauro. ¿Esas Criaturas existen? Tienes mi palabra.

La elfa Aramis

Sin embargo, por muy poderosas que sean, temen una cosa: los humanos. Somos las únicas criaturas con poder suficiente para derrocar su sociedad bajo tierra. Nuestra superioridad numérica incluso podría vencer la magia. Por tanto, las Criaturas Mágicas han decidido que es demasiado peligroso tener a un chico humano con conocimientos mágico en su cabeza.

Pronto me harán una limpieza de memoria, y esta información desaparecerá. He ideado una manera para impedir que ocurra: he confiado un disco a un enano depravado que responde al nombre de Mantillo Mandíbulas. El disco contiene todos mis conocimientos sobre los Seres Mágicos.

No cabe duda que la limpieza de memoria hará que olvide al enano y al disco. Mandíbulas debería traerme el disco, pero no se puede confiar en los delincuentes comunes.

Lo que te pido es que me hagas llegar un mensaje, uno sencillo. Sólo tiene seis palabras: “Artemis Fowl, busca a Mantillo Mandíbulas” Allí donde ves un fiel con este libro, repite estas palabras. El mensaje se extenderá por todo el mundo como un virus, y al final, llegará a mis oídos.

Actuaré en consecuencia y pondré todos mis medios para localizar al misterioso Mantillo Mandíbulas. Una vez que lo haya encontrado, el disco, mis recuerdos y los conocimientos volverán a ser míos. Hazlo por mí, y cuando dirija el mundo serás recompensado. Recuerda: “Artemis Fowl, busca a Mantillo Mandíbulas”.

Historias de hadas.

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Cuento de la sirenita 1

Seres de Fantasía

Cuento de la sirenita 1a par

En alta mar el agua es azul como los pétalos de la más hermosa centaura, y clara como el cristal más puro; pero es tan profunda, que sería inútil echar el ancla, pues jamás podría ésta alcanzar el fondo.

Habría que poner muchos campanarios, unos encima de otros, para que, desde las honduras, llegasen a la superficie.

Pero no creáis que el fondo sea todo de arena blanca y helada; en él crecen también árboles y plantas maravillosas, de tallo y hojas tan flexibles, que al menor movimiento del agua se mueven y agitan como dotadas de vida. Toda clase de peces, grandes y chicos, se deslizan por entre las ramas, exactamente como hacen las aves en el aire.

En el punto de mayor profundidad se alza el palacio del rey del mar; las paredes son de coral, y las largas ventanas puntiagudas, del ámbar más transparente; y el tejado está hecho de conchas, que se abren y cierran según la corriente del agua. Cada una de estas conchas encierra perlas brillantísimas, la menor de las cuales honraría la corona de una reina.

Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre cuidaba del gobierno de la casa. Era una mujer muy inteligente, pero muy pagada de su nobleza; por eso llevaba doce ostras en la cola, mientras que los demás nobles sólo estaban autorizados a llevar seis.

Por lo demás, era digna de todos los elogios, principalmente por lo bien que cuidaba de sus nietecitas, las princesas del mar. Estas eran seis, y todas bellísimas, aunque la más bella era la menor; tenía la piel clara y delicada como un pétalo de rosa, y los ojos azules como el lago más profundo; como todas sus hermanas, no tenía pies; su cuerpo terminaba en cola de pez.

Las princesas se pasaban el día jugando en las inmensas salas del palacio, en cuyas paredes crecían flores. Cuando se abrían los grandes ventanales de ámbar, los peces entraban nadando, como hacen en nuestras tierras las golondrinas cuando les abrimos las ventanas. Y los peces se acercaban a las princesas, comiendo de sus manos y dejándose acariciar.

Frente al palacio había un gran jardín, con árboles de color rojo de fuego y azul oscuro; sus frutos brillaban como oro, y las flores parecían llamas, por el constante movimiento de los pecíolos y las hojas. El suelo lo formaba arena finísima, azul como la llama del azufre. De arriba descendía un maravilloso resplandor azul; más que estar en el fondo del mar, se tenía la impresión de estar en las capas altas de la atmósfera, con el cielo por encima y por debajo.

Cuento de la sirenita 1a par

Cuando no soplaba viento, se veía el sol; parecía una flor purpúrea, cuyo cáliz irradiaba luz.
Cada princesita tenía su propio trocito en el jardín, donde cavaba y plantaba lo que le venía en gana. Una había dado a su porción forma de ballena; otra había preferido que tuviese la de una sirenita. En cambio, la menor hizo la suya circular, como el sol, y todas sus flores eran rojas, como él.

Era una chiquilla muy especial, callada y cavilosa, y mientras sus hermanas hacían gran fiesta con los objetos más raros procedentes de los barcos naufragados, ella sólo jugaba con una estatua de mármol, además de las rojas flores semejantes al sol.

La estatua representaba un niño hermosísimo, esculpido en un mármol muy blanco y nítido; las olas la habían arrojado al fondo del océano. La princesa plantó junto a la estatua un sauce llorón color de rosa; el árbol creció espléndidamente, y sus ramas colgaban sobre el niño de mármol, proyectando en el arenoso fondo azul su sombra violeta, que se movía a compás de aquéllas; parecía como si las ramas y las raíces jugasen unas con otras y se besasen.

Lo que más encantaba a la princesa era oír hablar del mundo de los hombres, de allá arriba; la abuela tenía que contarle todo cuanto sabía de barcos y ciudades, de hombres y animales.

Se admiraba sobre todo de que en la tierra las flores tuvieran olor, pues las del fondo del mar no olían a nada; y la sorprendía también que los bosques fuesen verdes, y que los peces que se movían entre los árboles cantasen tan melodiosamente.Se refería a los pajarillos, que la abuela llamaba peces, para que las niñas pudieran entenderla, pues no habían visto nunca aves.

- Cuando cumpláis quince años -dijo la abuela- se os dará permiso para salir de las aguas, sentaros a la luz de la luna en los arrecifes y ver los barcos que pasan; entonces veréis también bosques y ciudades.

Al año siguiente, la mayor de las hermanas cumplió los quince años; todas se llevaban un año de diferencia, por lo que la menor debía aguardar todavía cinco, hasta poder salir del fondo del mar y ver cómo son las cosas en nuestro mundo. Pero la mayor prometió a las demás que al primer día les contaría lo que viera y lo que le hubiera parecido más hermoso; pues por más cosas que su abuela les contase siempre quedaban muchas que ellas estaban curiosas por saber.

Ninguna, sin embargo, se mostraba tan impaciente como la menor, precisamente porque debía esperar aún tanto tiempo y porque era tan callada y retraída. Se pasaba muchas noches asomada a la ventana, dirigiendo la mirada a lo alto, contemplando, a través de las aguas azuloscuro, cómo los peces correteaban agitando las aletas y la cola. Alcanzaba también a ver la luna y las estrellas, que a través del agua parecían muy pálidas, aunque mucho mayores de como las vemos nosotros.

Cuento de la sirenita 1a par

Cuando una nube negra las tapaba, la princesa sabía que era una ballena que nadaba por encima de ella, o un barco con muchos hombres a bordo, los cuales jamás hubieran pensado en que allá abajo había una joven y encantadora sirena que extendía las blancas manos hacia la quilla del navío.
Llegó, pues, el día en que la mayor de las princesas cumplió quince años, y se remontó hacia la superficie del mar.

A su regreso traía mil cosas que contar, pero lo más hermoso de todo, dijo, había sido el tiempo que había pasado bajo la luz de la luna, en un banco de arena, con el mar en calma, contemplando la cercana costa con una gran ciudad, donde las luces centelleaban como millares de estrellas, y oyendo la música, el ruido y los rumores de los carruajes y las personas; también le había gustado ver los campanarios y torres y escuchar el tañido de las campanas.

¡Ah, con cuánta avidez la escuchaba su hermana menor! Cuando, ya anochecido, salió a la ventana a mirar a través de las aguas azules, no pensaba en otra cosa sino en la gran ciudad, con sus ruidos y su bullicio, y le parecía oír el son de las campanas, que llegaba hasta el fondo del mar.


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Cuento de la sirenita 2

Seres de Fantasía

Cuento de la sirenita 2a par

Al año siguiente, la segunda obtuvo permiso para subir a la superficie y nadar en todas direcciones. Emergió en el momento preciso en que el sol se ponía, y aquel espectáculo le pareció el más sublime de todos. De un extremo el otro, el sol era como de oro -dijo-, y las nubes, ¡oh, las nubes, quién sería capaz de describir su belleza! Habían pasado encima de ella, rojas y moradas, pero con mayor rapidez volaba aún, semejante a un largo velo blanco, una bandada de cisnes salvajes; volaban en dirección al sol; pero el astro se ocultó, y en un momento desapareció el tinte rosado del mar y de las nubes.

Al cabo de otro año tocóle el turno a la hermana tercera, la más audaz de todas; por eso remontó un río que desembocaba en el mar. Vio deliciosas colinas verdes cubiertas de pámpanos, y palacios y cortijos que destacaban entre magníficos bosques; oyó el canto de los pájaros, y el calor del sol era tan intenso, que la sirena tuvo que sumergirse varias veces para refrescarse el rostro ardiente. En una pequeña bahía se encontró con una multitud de chiquillos que corrían desnudos y chapoteaban en el agua.

Quiso jugar con ellos, pero los pequeños huyeron asustados, y entonces se le acercó un animalito negro, un perro; jamás había visto un animal parecido, y como ladraba terriblemente, la princesa tuvo miedo y corrió a refugiarse en alta mar. Nunca olvidaría aquellos soberbios bosques, las verdes colinas y el tropel de chiquillos, que podían nadar a pesar de no tener cola de pez.

La cuarta de las hermanas no fue tan atrevida; no se movió del alta mar, y dijo que éste era el lugar más hermoso; desde él se divisaba un espacio de muchas millas, y el cielo semejaba una campana de cristal. Había visto barcos, pero a gran distancia; parecían gaviotas; los graciosos delfines habían estado haciendo piruetas, y enormes ballenas la habían cortejado proyectando agua por las narices como centenares de surtidores.

Al otro año tocó el turno a la quinta hermana; su cumpleaños caía justamente en invierno; por eso vio lo que las demás no habían visto la primera vez. El mar aparecía intensamente verde, v en derredor flotaban grandes icebergs, parecidos a perlas -dijo- y, sin embargo, mucho mayores que los campanarios que construían los hombres. Adoptaban las formas más caprichosas y brillaban como diamantes.

Ella se había sentado en la cúspide del más voluminoso, y todos los veleros se desviaban aterrorizados del lugar donde ella estaba, con su larga cabellera ondeando al impulso del viento; pero hacia el atardecer el cielo se había cubierto de nubes, y habían estallado relámpagos y truenos, mientras el mar, ahora negro, levantaba los enormes bloques de hielo que brillaban a la roja luz de los rayos.

En todos los barcos arriaban las velas, y las tripulaciones eran presa de angustia y de terror; pero ella habla seguido sentada tranquilamente en su iceberg contemplando los rayos azules que zigzagueaban sobre el mar reluciente.

La primera vez que una de las hermanas salió a la superficie del agua, todas las demás quedaron encantadas oyendo las novedades y bellezas que había visto; pero una vez tuvieron permiso para subir cuando les viniera en gana, aquel mundo nuevo pasó a ser indiferente para ellas. Sentían la nostalgia del suyo, y al cabo de un mes afirmaron que sus parajes submarinos eran los más hermosos de todos, y que se sentían muy bien en casa.

Algún que otro atardecer, las cinco hermanas se cogían de la mano y subían juntas a la superficie. Tenían bellísimas voces, mucho más bellas que cualquier humano y cuando se fraguaba alguna tempestad, se situaban ante los barcos que corrían peligro de naufragio, y con arte exquisito cantaban a los marineros las bellezas del fondo del mar, animándolos a no temerlo; pero los hombres no comprendían sus palabras, y creían que eran los ruidos de la tormenta, y nunca les era dado contemplar las magnificencias del fondo, pues si el barco se iba a pique, los tripulantes se ahogaban, y al palacio del rey del mar sólo llegaban cadáveres.

Cuento de la sirenita 2a par

Cuando, al anochecer, las hermanas, cogidas del brazo, subían a la superficie del océano, la menor se quedaba abajo sola, mirándolas con ganas de llorar; pero una sirena no tiene lágrimas, y por eso es mayor su sufrimiento.

- Ay si tuviera quince años! -decía -. Sé que me gustará el mundo de allá arriba, y amaré a los hombres que lo habitan.

Y como todo llega en este mundo, al fin cumplió los quince años. – Bien, ya eres mayor -le dijo la abuela, la anciana reina viuda-. Ven, que te ataviaré como a tus hermanas-. Y le puso en el cabello una corona de lirios blancos; pero cada pétalo era la mitad de una perla, y la anciana mandó adherir ocho grandes ostras a la cola de la princesa como distintivo de su alto rango.

- ¡Duele! -exclamaba la doncella.
- Hay que sufrir para ser hermosa -contestó la anciana.
La doncella de muy buena gana se habría sacudido todas aquellos adornos y la pesada diadema, para quedarse vestida con las rojas flores de su jardín; pero no se atrevió a introducir novedades. – ¡Adiós! – dijo, elevándose, ligera y diáfana a través del agua, como una burbuja.

El sol acababa de ocultarse cuando la sirena asomó la cabeza a la superficie; pero las nubes relucían aún como rosas y oro, y en el rosado cielo brillaba la estrella vespertina, tan clara y bella; el aire era suave y fresco, y en el mar reinaba absoluta calma. Había a poca distancia un gran barco de tres palos; una sola vela estaba izada, pues no se movía ni la más leve brisa, y en cubierta se veían los marineros por entre las jarcias y sobre las pértigas.

Había música y canto, y al oscurecer encendieron centenares de farolillos de colores; parecía como si ondeasen al aire las banderas de todos los países. La joven sirena se acercó nadando a las ventanas de los camarotes, y cada vez que una ola la levantaba, podía echar una mirada a través de los cristales, límpidos como espejos, y veía muchos hombres magníficamente ataviados. El más hermoso, empero, era el joven príncipe, de grandes ojos negros. Seguramente no tendría mas allá de dieciséis años; aquel día era su cumpleaños, y por eso se celebraba la fiesta.

Los marineros bailaban en cubierta, y cuando salió el príncipe se dispararon más de cien cohetes, que brillaron en el aire, iluminándolo como la luz de día, por lo cual la sirena, asustada, se apresuró a sumergirse unos momentos; cuando volvió a asomar a flor de agua, le pareció como si todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella.

Nunca había visto fuegos artificiales. Grandes soles zumbaban en derredor, magníficos peces de fuego surcaban el aire azul, reflejándose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad, que podía distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres. ¡Ay, qué guapo era el joven príncipe! Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras la música sonaba en la noche.

Pasaba el tiempo, y la pequeña sirena no podía apartar los ojos del navío ni del apuesto príncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron también los cañonazos, pero en las profundidades del mar aumentaban los ruidos.

Ella seguía meciéndose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los camarotes a cada vaivén de las olas. Luego el barco aceleró su marcha, izaron todas las velas, una tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en la lejanía zigzagueaban ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta horrible, y los marinos hubieron de arriar nuevamente las velas.

Cuento de la sirenita 2a par

El buque se balanceaba en el mar enfurecido, las olas se alzaban como enormes montañas negras que amenazaban estrellarse contra los mástiles; pero el barco seguía flotando como un cisne, hundiéndose en los abismos y levantándose hacia el cielo alternativamente, juguete de las aguas enfurecidas. A la joven sirena le parecía aquello un delicioso paseo, pero los marineros pensaban muy de otro modo. El barco crujía y crepitaba, las gruesas planchas se torcían a los embates del mar.

El palo mayor se partió como si fuera una caña, y el barco empezó a tambalearse de un costado al otro, mientras el agua penetraba en él por varios puntos. Sólo entonces comprendió la sirena el peligro que corrían aquellos hombres; ella misma tenía que ir muy atenta para esquivar los maderos y restos flotantes.

Unas veces la oscuridad era tan completa, que la sirena no podía distinguir nada en absoluto; otras veces los relámpagos daban una luz vivísima, permitiéndole reconocer a los hombres del barco. Buscaba especialmente al príncipe, y, al partirse el navío, lo vio hundirse en las profundidades del mar.

Su primer sentimiento fue de alegría, pues ahora iba a tenerlo en sus dominios; pero luego recordó que los humanos no pueden vivir en el agua, y que el hermoso joven llegaría muerto al palacio de su padre. No, no era posible que muriese; por eso echó ella a nadar por entre los maderos y las planchas que flotaban esparcidas por la superficie, sin parar mientes en que podían aplastarla.

Hundiéndose en el agua y elevándose nuevamente, llegó al fin al lugar donde se encontraba el príncipe, el cual se hallaba casi al cabo de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumecérsele, sus bellos ojos se cerraban, y habría sucumbido sin la llegada de la sirenita, la cual sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas.


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Ángel de la guarda

Fotos e imágenes, Seres de Fantasía

Un ángel de la guarda es un espíritu que se cree que protege y dirige a una persona particular. La noción de “ángel de la guarda” y de su jerarquía fue desarrollado extensamente durante el siglo V AC. por Pseudo Dionisio Aeropagita.

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La creencia ortodoxa contemporánea sostiene que los ángeles de la guarda protegen el cuerpo y elevan rezos a Dios, a la manera de intermediarios. El calendario de santos de la Iglesia Católica incluye un recordatorio a estos seres celestiales, celebrado el 2 de octubre.

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Los cristianos creen que los ángeles de la guarda protegen cualquier persona o vivienda a pedido del propio Dios, sin embargo.

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La creencia de que Dios envía un espíritu para observar a cada individuo era común en la filosofía griega clásica; Platón se refiere a ella en el Fedón, 108. De manera similar, esta mención aparece en el Antiguo Testamento, aunque no se delinea con especificidad.

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En el Libro de Daniel, los ángeles parecen ser asignados a ciertos países. Enoc 100:5 –parte de cuya escritura está inspirada en los documentos de la Iglesia Etíope Ortodoxa de Tewahedo– manifiesta que los hombres justos gozan de ángeles protectores.

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En Hechos 12:15 aparece otra alusión a tal creencia, mientras que en Mateo 18:10, Jesús explica que existen ángeles de la guarda que cuidan a los niños:

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Nunca los desdeñen; les digo que tienen sus ángeles de la guarda en el cielo, que miran continuamente al rostro divino de mi padre. (Nueva Biblia Inglesa.)

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Que cada alma individual tiene un ángel de la guarda nunca ha sido definido por la Iglesia, por lo tanto, no es un artículo de la fe. Sin embargo así se lo considera, tácitamente, tal como San Gerónimo expresó: cómo será de grande la dignidad del alma para que cada uno tenga desde su nacimiento un ángel de la guarda asignado por Dios.

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La fe en la existencia de estos custodios se remonta a la Antigüedad: paganos como Plutarco y neoplatónicos como Plotino sostuvieron esta tesis. Era también la creencia de babilónicos y asirios, tal como sus monumentos atestiguan.

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En la Biblia, esta doctrina es claramente perceptible y su desarrollo está textualmente expresado. En Génesis 28-29, los ángeles no sólo actúan como los ejecutores de la cólera de Dios sino que salvan a Lot del peligro.

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En Éxodo 12-13 un ángel es el líder designado para conducir a Israel, y en 32:34, Dios dice a Moisés: Mi ángel irá contigo.

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